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Qui potest capere, capiat

Temblores y Tambores

Temblores y Tambores

Tambores, oh sí, esa música que se siente a lo lejos y al mismo tiempo parece emanar desde el fondo de uno mismo…

Esas frías y oscuras noches, alrededor de una fogata, rostros que no miran, no hablan ni se entienden, sólo se dejan llevar por los vaivenes del fuego, hipnotizados por las chispas que caen al abismo del infinito empujadas por el calor, desapareciendo y confundiéndose con las estrellas pegadas en el fondo como el más astral de los adornos, bebiendo un vino desde la caja que lo contiene, que se menea de mano en mano al compás de la brisa estremecedora que esgrime suavemente los vellos sueltos y discordantes con las risas y risotadas imbéciles. Las hojas chocan, los árboles sienten el frío y se sacuden, quieren comunicarse, quieren decir algo, tratan de moverse, pero están anclados, amarrados a la tierra, sólo consiguen menearse, están danzando, quieren vino…

Mientras suena ese tambor, que no para nunca, es lo último que escuchas antes de quedarte dormido, como si escucharlo te recuerda eventos que nunca viviste, pero no es nostalgia lo que produce, mucho menos melancolía, es una sensación distinta, como si estuvieras en plena armonía con todo, de satisfacción, esa es la sensación, agradecimiento, ¿de qué? No sé…

 

Apenas cierras los ojos, ya no sientes el frío, te estás apunto de quedar dormido, pero sigue el tambor rimbombante calando cada vez mas fuerte, ya no es el viento ni los arboles los que se pasean por los alrededores, son las ventanas,  las manos y los suspiros,  los que lo acompañan.

Entonces, mágicamente empiezas a escuchar algo, no es el tambor, es una persona, pero estás solo, ¿Cómo es posible? Ahí va de nuevo… ¿qué dice?  Ya no ves el techo, este se sacude, se desvanece, ya no es el tambor, son palabras, una cara, unos ojos, es… es… ella…

¿Te pongo nervioso?, es lo que decía.-

Es un recuerdo, como lo odio, era tan buena esa sensación de grandes asombros por pequeñas cosas, un lengua fría… un frío recuerdo de tiempos calurosos.

Vives preguntándote como serán las cosas , pero cuando ya la vives, las vuelves a vivir, una y otra vez, ya no son mágicas, no hay misterio, ni el aquí y ahora,  era más rico pensar en como sería un beso que vivirlo, ese primer beso, oh que rico fue, todo se estremecía, No Señores, no habían tambores, eran temblores! Todo se destruía, se desmoronaba y crujía, los autos chocaban, los vidrios se quebraban, los cielos se partían y los arboles caían.

Pero ya no más, todo es igual ahora.

¿Tienes condón?-preguntaba ella.-

Oh, sí, claro que lo tengo, guardado desde hace mucho, ¡por fin lo haré!.-pensé cuando sólo moví la cabeza dando a entender un “si”.

Todo está temblando… las estrellas saltan, la luna se acerca, el sol crece y quema, oh que maravilloso panorama…

 

Pero ya no más, todo es igual ahora tal cual unos dibujos animados de bajo presupuesto, repitiendo los mismos fondos una y otra vez.

Desapareció el misterio, ya no es mentira cuando dices que ya lo has “hecho”, era rico mentir, porque siempre nacía el “qué se sentirá”.

 

Alegría.- sí, es eso lo que sentí la primera vez que me dijeron "Vas a ser papá", ya nomás tambores ni temblores, sino más bien una orquesta acompañada de fuegos artifíciales con edificios explotando en mil pedazos, un terremoto increíble, todo se movía, los árboles se soltaban del suelo para dar un par de brincos, alcanzaron el vino y cayeron de bruces ebrios con las hojas moradas.

No pasaron ni dos días para la siguiente noticia, dos días de juerga cósmica, en que parecía que de una vez por todas tu vida cambiaría para siempre, pensabas que algo dentro de ti por fin moría para dar lugar a algo nuevo, no era un estado catatónico de la repetición de lo mismo, de ese día de la marmota, que representa todo lo que has hecho desde que saliste del colegio. Ni dos días, para ser abruptamente parados en seco con la frasecilla que aún suena, tan clara como si hubiera sida ayer "aborté"... Amainó la preciosa y sublime ecatombe con una sóla palabra...

De pronto todo vuelve a como estaba, el techo se restaura, y te das cuenta que estás fumando acostado mirándolo,  como si estuvieras viendo una película en la que salen todas las cosas que no has hecho ni dicho…

Cuando de pronto, se sube la gata, te asusta, y piensas “gata concha de su madre” pero no te molesta, se recuesta en tu regazo y se enrosca con un eterno ronroneo y posas tu mano en su tibio lomo de pelos fríos.

Y te acuerdas de la gata, nada mejor que pensar en la “gata”, jugando con un cordel como si fuera lo más bello y entretenido del mundo, con las pupilas dilatadas, mirando fijamente su blanco, un par de zarpazos y el cordel cambió de posición, salta y lo atrapa, se acuesta en el suelo y lo muerde hasta que haces un movimiento inesperado y brusco, sólo para tener el deleite de verla asustarse, dar un salto y salir corriendo como quien vio al diablo…

Al apagar el cigarro, vez tu mano por entre el humo, decrépita, blanca, arrugada con manchas oscuras y temblorosa, la gata desaparece, el tambor se vuelve silente, todo se vuelve quieto, se levantan unos fierros que cubren la ventana, de pronto todo se desvirtúa, y vez las caras de ellas, desapareciendo, pero riéndose, no contigo, sino de ti, arrebatándote el misterio, te apuntan, se burlan y cuchichean entre ellas mientras de una manera casi demoniaca y brutal vez como matan a la gata, a palos, sus maullidos, y gritos nunca cesan, pero los gritos de la gata se confundían con los eternos lloriqueos de un bebé descuartizado. Un festival de fantasmas que todas las noches vienen a visitarme, no desde el otro mundo, no desde cabernas de ultratumba, sino de los más recóndito de mis recuerdos, fantasmas que vienen y se van, fantasmas que ni siquiera se acuerdan que me conocieron alguna vez en alguna época...

¿Qué es eso? ¿Un tambor o un temblor?.-pensé en voz alta-

Estás enfermo, tómate las pastillas para dormir.

 

Es hora de cerrar los ojos, que mañana es hora de visitas, aunque nadie los venga a ver.

 

Al final, cesan las atrocidades, las pastillas los mantienen alejados lo suficiente para dormir, pero en realidad, es el fantasma de mi gata, su ronronear es la más dulce de las canciones de cuna, y no dudo en dejarlo subirse a la cama y acariciarlo, a estas alturas, poco y nada me importa que me vean menear la mano en el vacío, porque sólo yo y nadie más que yo, sabe que es mi mano sobre la gata, escuchando los árboles sacudirse para pedir vino como en aquellas noches de verano, sacados de un dibujo animado de bajo presupuesto, con los mismos fondos una y otra vez.  

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